domingo, 10 de noviembre de 2013

El monstruo en el pantano


Presentado originalmente en www.fantasiaepica.com para el concurso "Fantasía Épica I"


El silencio del páramo apenas se rompía por el errático canto de los grillos. Los pasos del caballero, cautelosos, se hundían en el lodo con tenues gorgoteos. Los Pantanos de Osdain eran un sitio peligroso, sobre todo durante la noche. Si no se mantenía atento al suelo bajo sus pies, lo más probable era que terminara ahogado en el fondo de alguna ciénaga sin haber cumplido su cometido.
Con la espada presta y el escudo firme, caminaba entre los altos juncos, abriéndose paso con lentitud, dejando que la plateada luz de la luna se reflejara sobre su armadura. Su aliento entrecortado, en parte por la ansiedad y en parte por la expectativa, salía de su boca como pequeñas nubes que se entremezclaban con la niebla, la cual comenzaba a espesarse mientras el frío se apoderaba del pantano.
Sus ojos, inquietos, se movían de un lado a otro, inspeccionándolo todo con rapidez. Un presentimiento apremiante le vaticinaba que en cualquier instante el monstruo aparecería.
Se abrió paso a través de un muro de frondosa vegetación, y al otro lado encontró un claro, un recinto rodeado de rocas que formaban un semicírculo, circundando una gran masa de aguas. La amplia superficie del estanque estaba salpicada por el reflejo de las estrellas y atestada de unos lirios que flotaban perezosos sobre ella.
Las límpidas aguas despertaron todas sus sospechas. Era diferente a los otros estanques saturados de algas que había encontrado a lo largo de su camino.
«La guarida del monstruo», pensó mientras se ponía en guardia.
Observó las aguas con detenimiento, las rocas circundantes y los juncos que sobresalían entre la capa de niebla al ras del suelo. Aguzó el oído, atento al menor sonido. No iba a permitir que se le tomara por sorpresa.
Entonces un gorgoteo surgió del estanque. Retrocedió un paso, empuñando con fuerza la espada, tensando el brazo que sostenía firme el escudo.
El sonido se repitió una vez más, formando burbujas sobre la superficie. Con todos los músculos tensos, la respiración agitada y el corazón alborotado, le pareció ver una sombra insinuándose bajo las aguas. Los lirios se movieron con rapidez, esparciéndose hacia los bordes del estanque.
El caballero abrió los ojos con espanto cuando la superficie se rompió en una enorme ola, desbordándose sobre él. Apenas tuvo tiempo a retroceder lo suficiente para no ser engullido por las verdosas aguas, y cuando pudo recuperarse, vio a una masa amorfa elevándose en el aire, arrastrando una estela acuosa tras de sí.
Aquella presencia de pura negrura ocultaba todas las estrellas allí por donde pasaba. Volaba muy alto con su enorme osamenta, y con la misma facilidad que lo haría un liviano pajarillo.
El caballero giraba nerviosamente sobre sí, con la vista hacia el cielo, tratando de seguir la errante trayectoria del monstruo volador.
—¡Bestia inmunda del Infierno, baja y enfrenta tu destino! ¡He venido a aliviar al mundo de tu asquerosa existencia! —gritó el caballero.
La bestia comenzó a volar trazando grandes círculos, descendiendo lentamente sobre el claro.
El caballero trató de mantenerse firme tanto como pudo cuando la criatura estuvo ante él, sostenida en el aire, azotándolo con las fuertes ráfagas que lanzaba el poderoso batir de sus alas. Pudo entonces ver su cuerpo de reptil, negro como el ébano, brillante como el acero recién pulido.
La bestia retrocedió con un fuerte aleteo, hasta que su cola tocó un cúmulo de piedras que tenía tras de sí. Con la suavidad de una pluma que cae sobre el suelo, se posó sobre sus cuatro patas sobre el promontorio de rocas, y plegó sus enormes alas alrededor del cuerpo.
El hombre observó mejor sus rasgos. Su cabeza estaba astada con dos enormes cuernos de marfil y coronada con una cresta azabache. Vio el largo cuello sinuoso, que pronto se estiró hacia adelante.
La criatura ladeó un poco la cabeza y sus brillantes ojos dorados se entrecerraron mientras laceraba al caballero con una mirada curiosa a la vez que inquisitiva. Parecía una lechuza descomunal, posada sobre una rama, con su silueta recortada sobre el fondo blanco de la luna.
—Mi espada reclama tu sangre, engendro infernal… —dijo el hombre, apuntando al dragón con su arma de forma amenazadora.
La negra bestia se irguió, y luego de un instante habló con voz estentórea y resonante: —Noble caballero, aunque sin invitación habéis irrumpido en mi morada, os doy la bienvenida —señaló a su alrededor, haciendo un ademán con su garra.
El hombre se paralizó de asombro al oír al reptil. Y cuando salió de su estupor, gritó con indignación: —¡¿Estás burlándote de mí, monstruo?!
—No os conozco aún para burlarme de vos, caballero. Y por tanto, permitidme presentaros mis respetos en primer lugar. Lamento no poder revelaros mi verdadero nombre, una prudente tradición de todos los seres mágicos, pero de todas formas dudo que pudierais pronunciarlo correctamente con una garganta tan pequeña. Así que llamadme Dulkhal, Vigía de la Noche. ¡A vuestro servicio! —dijo el dragón, haciendo una leve reverencia, llevándose una garra al pecho.
—¡No deseo oír ningún nombre de bestia, ni verdadero ni falso, tan sólo he venido a quitarte esa vida a la que no tienes derecho, demonio! —respondió el encolerizado caballero.
El dragón respondió, mostrándose desairado por la vociferación del hombre: —Ya os he dicho mi nombre, caballero, podéis dejar de llamarme bestia, monstruo, demonio o engendro. Y si vuestra voluntad es quitarme la vida, al menos decidme cómo os puedo llamar, dadme el privilegio de conocer el nombre de mi posible asesino.
—Si tanto lo deseas, te lo diré, monstruo. No temo revelarte mi verdadero nombre, porque no temo a ninguna de las artes oscuras que quieras utilizar en mi contra. Heidal, hijo de Heiden, puedes llamarme durante el corto tiempo que te queda de vida. ¡Ahora deja de fingir una educación que no posees, y prepárate a morir! —respondió el caballero, poniéndose nuevamente en guardia, dispuesto a luchar.
El dragón se irguió, meneó la cabeza a un lado y otro mostrando su desaprobación: —Heidal, hijo de Heiden, no deseo pelear con vos… ¿Por qué tal insistencia? ¿Qué mal os he hecho?
—¿Te atreves a preguntar? —el caballero bajó la guardia, sorprendido por las palabras de Dulkhal—. No sabía que tu bruta raza fuera capaz de mostrar un cinismo a la par de su bestialidad. ¡Debo matarte porque eres una peste como todos los de tu especie!
—Oh… —suspiró el dragón—. Reconozco que muchos de los míos poseen un temperamento arisco, pero no diríais que son la peste si os dierais la oportunidad de conocerles mejor.
—¿Conocerles? ¡Sólo desearía encontrar a cada uno de ellos para aniquilarles! ¡Monstruos raptores de princesas, ladrones de tesoros, asesinos de ganado!
El dragón bajó la mirada, con pesadumbre: —Creo que habéis oído demasiadas vulgares historias sobre mi raza, Heidal, hijo de Heiden.
»Pero, respondedme, ¿Por qué nos llamáis raptores de princesas, cuando sois vosotros, los hombres, los que intercambiáis hermanas e hijas cual si fueran sacos de trigo, por convenios e intereses entre varones?
»¿Y no sois los hombres los que habéis catalogado metales y piedras preciosas, tan sólo para mataros unos a otros en la ambición de ser los mayores poseedores de estos tesoros?
»¿Y no sois los hombres los que habéis creado las granjas, hacinando animales, condenándolos al trabajo que vosotros no queréis hacer, destinándolos a terminar sus forzadas vidas alimentando a vuestra especie?
El hombre no respondió. Apretó los dientes, horadando al dragón con el odio que había en sus ojos.
Dulkhal murmuró, lo suficientemente fuerte para el caballero lo oyera: —Sois presuroso, Heidal, en juzgar las acciones de otros seres, más deberíais ver primero las acciones de vuestra propia especie.
—¡Calla de una vez, abominación! ¡Y no te atrevas a pedir clemencia, porque luego de tus viles palabras no la obtendrás, ni de mí ni de mi espada! ¡Así que más te valdría luchar con todas tus fuerzas, para tener, al menos, una muerte digna de tu barbarie!
—Ya os he dicho: Dulkhal es el nombre por el que podéis llamarme, dejad de otorgarme títulos que no poseo —dijo el dragón exhalando vapor por las fosas nasales—. Y os invito una vez más a reconsiderar vuestra obstinación. No deseo luchar con vos, ni heríos de ningún modo.
—Guarda tu invitación, monstruo, y comienza a luchar ahora mismo, de otro modo treparé esa roca y te daré una rápida muerte traspasándote el corazón de lado a lado con el hambriento filo de mi espada.
—La magnitud de vuestra terquedad sólo encuentra par con la grandeza de vuestra imprudencia, Heidal, hijo de Heiden. Y como sois mi huésped, aún sin mi consentimiento, mi deber es complaceros en vuestro capricho. Lucharé con vos, noble caballero, y haré acopio de todas mis fuerzas y poderes para honrar vuestro atrevimiento y bravura —respondió el dragón, mientras estiraba todo el cuerpo y extendía las alas.
—Al fin has entendido, bestia —masculló Heidal, esbozando una torcida sonrisa.
Dulkhal se elevó agitando sus alas. Su serpentino cuerpo se tensó, y antes de que el caballero pudiera preverlo, se lanzó como un rayo sobre él.
La dentellada resonó estridente sobre Heidal, que apenas tuvo tiempo de arrojarse al suelo y rodar para esquivarla. Se incorporó ágilmente al tiempo que lanzaba una estocada.
Pero el dragón ya estaba fuera de su alcance. Volaba en círculos sobre el pantano. El caballero, atento a sus movimientos, aguardó la próxima embestida.
Y Dulkhal no se hizo esperar. Bajó repentinamente, barriendo el suelo con su cola. Heidal la esquivó con un salto, salpicado de lodo pero a salvo del ataque.
—Cumple tus palabras, Hijo de Luzbel, dijiste que lucharías con todas tus fuerzas —vociferó, riendo luego entre dientes, excitado por el combate.
Las enormes patas del dragón se posaron en el suelo, justo frente a él. Atacó una y otra vez, dando fuertes mordiscos, haciendo retroceder a Heidal, que lo esquivaba brincando con precisión ante cada ataque.
Pero en su retroceso, Heidal terminó con la espalda contra una roca. Atrapado entre la pared de piedra y el enorme reptil, atinó a cubrirse con el escudo. Los inquebrantables dientes de la bestia resonaron al estrellarse contra el metal, estremeciendo todo el cuerpo de Heidal.
No había llegado a recuperarse del aturdimiento cuando oyó el rugido siseante del dragón. Alarmado por lo que intuyó que la bestia iba a hacer, se apretujó como pudo detrás del escudo.
La criatura exhaló su fuego, que golpeó con estrepitoso vigor sobre el metal. Heidal resistió el abrasador calor de las lenguas ígneas que sobresalían por los lados del escudo, suplicando a sus ancestros que tanto éste como su armadura pudieran resistir esa flama salida del infierno.
El eterno instante bajo las llamas terminó, y Heidal arrojó a un costado el escudo, que ardía al rojo vivo, como recién salido de la fragua. El dragón, seguro de su victoria, mordió el escudo, y lo arrojó con violencia al estanque. La pieza de metal se hundió al instante, soltando una nube de vapor sobre el agua.
Heidal aprovechó la distracción para alejarse de Dulkhal y las rocas. Sin su escudo, tomó con ambas manos la empuñadura de su espada.
—Vástago del Averno… —murmuró con desprecio.
El dragón retrocedió unos pasos, sostenido sobre sus cuatro patas. Su cabeza se balanceaba suavemente a un lado y otro, midiendo a su adversario, mirándolo fijamente con sus intimidantes ojos.
El hombre sostuvo la guardia, con su arma enhiesta y los pies firmes y algo hundidos en el lodo. Mantuvo los ojos fijos en los de Dulkhal, sin dejarse amedrentar.
El dragón dio un salto repentino, elevándose nuevamente en vuelo. Heidal observó los furiosos aleteos, con los que ganaba más y más altura. Retrocedió unos pasos, sin perderlo de vista, aunque apenas podía divisarlo como una mancha negra contra el cielo azul oscuro.
La bestia se detuvo en lo alto, y entonces los ojos del caballero se desencajaron de horror. La bestia estaba cayendo a toda velocidad, como si algo la hubiera derribado.
Pero nada la había hecho caer, más que el deseo de acabar con su vida. Con las garras y las fauces abiertas, el dragón se desplomaba sobre él, impulsado con todo el vigor de su cuerpo y la determinación de su furia.
Heidal aguardó el instante preciso, entonces dio unas rápidas zancadas en el lodo, y se arrojó de un salto tan lejos como pudo, cayendo de bruces. Una oleada de fango lo bañó de cuerpo entero.
Se incorporó tan pronto como pudo y vio al dragón semienterrado en el lodo, justo en el lugar que él había abandonado un instante atrás. La bestia lo observaba con un odio lacerante, mientras se erguía, sosteniéndose sobre sus patas traseras.
Heidal aguardó, observando los ojos de la criatura, con ese dorado hipnótico que parecía escarbar en cada rincón de su mente. Con las fauces abiertas y las amenazantes garras en alto, el dragón comenzó a acercarse.
Heidal supo que era el momento culminante de la batalla. Era su vida o la del dragón. Debía ser preciso y actuar con rapidez.
El dragón se abalanzó hacia Heidal y descargó sus garras sobre él para aplastarlo.
Pero esa fue la perdición de la bestia.
El caballero se arrojó con presteza hacia un lado, rodando y esquivando el golpe. Se incorporó con rapidez y levantó su espada por encima de su cabeza, mientras la bestia volvía su atónita mirada hacia él. Con un salto se arrojó sobre el costado del dragón, dando una estocada con todas sus fuerzas sobre la escamada piel.
El grito de dolor de la criatura estremeció todo el pantanal.
Un golpe torpe de la garra de Dulkhal arrojó a varios pasos al hombre. Observó a la bestia, que tenía la empuñadura de la espada sobresaliendo justo debajo de la garra delantera. Con inciertos movimientos de su otra garra intentaba arrancársela. Pero sus vacilantes movimientos indicaban que ya era demasiado tarde.
Retrocedía dando tropiezos, de espaldas al estanque. La hoja se le había clavado justo en el lugar donde estaba su corazón, un lugar que la precisión de Heidal supo encontrar en el exacto instante.
El caballero se incorporó para ver el deceso de la bestia. A la luz de la luna, en aquél silencioso lodazal, Dulkhal, Vigía de la Noche, se retorcía de dolor, con su cuerpo contorsionándose entre la niebla, ya sin los vanos intentos de quitarse la torturante arma clavada entre sus escamas.
Por un momento, Heidal sintió respeto y cierta veneración por la bestia, mientras la veía desplomarse y la oía lanzar su último alarido de agonía.
Con todo el peso de su cuerpo, Dulkhal cayó en el estanque, desbordándolo y bañando el claro una vez más con sus aguas.
La oleada llegó cerca de los pies del caballero, que se acercó para ver la negra silueta del dragón que se hundía, perdiéndose para siempre de su vista.
Se quedó inmóvil, hasta que la agitada superficie dejó de formar anillos, y los lirios volvieron a ser serenos náufragos sobre el estanque tachonado de luminarias.
Se volvió para marcharse, pero vio algo en el suelo, algo brillante incrustado en el lodo. Se acercó, lo recogió y lo limpió como pudo con sus guantes de cuero embarrados.
La forma ovalada era perfecta, tanto como su pulida superficie. Tres escamas de dragón, arrancadas de la piel de la bestia en el último ataque. Brillaban reflejando la luz de la luna y las estrellas como negros espejos.
Heidal pareció entonces caer en la cuenta de su victoria y comenzó a reír. Sin su escudo ni su espada, pero con la muestra de su victoria en las manos, se retiró del lodazal.

Una vez que estuvo en su hogar, depositó con sumo cuidado el trofeo que acababa de obtener. Brillantes y ya sin rastros de lodo, reposaban sobre el altar que tenían especialmente dispuesto, junto a otros trofeos obtenidos en anteriores batallas. Como cada nueva adquisición, no podía quitarle los ojos de encima, como si el esfuerzo realizado ameritara reverenciar esos objetos durante largas horas.
Pensó en la encarnizada lucha. Pocas cosas le gustaban más que aquellos objetos obtenidos en batalla, a excepción de la diversión que los mismos enfrentamientos le causaban.
Se recostó en su lecho, sin quitarle los ojos de encima a la espada y el escudo recientemente ganados.
Sus dotes histriónicas para el combate eran cada vez mejores. Rió para sí mismo recordando el gesto afligido y extenuado del caballero mientras le observaba fingiendo su muerte.
Pero el sueño comenzó a vencerle, era tiempo de dormir, tal vez un día o unas semanas. Tal vez algunos años.
Cerró los ojos, estirando su serpentina figura sobre el lecho de monedas de oro y plata, y piedras preciosas de todas clases.
Tan plácidamente como lo haría un gato sobre un edredón relleno de plumas, Dulkhal, Vigía de la Noche, se entregó con todo gusto a los placeres del sueño.


sábado, 9 de marzo de 2013

La Reina Oscura

Presentado originalmente en www.fantasiaepica.com para el concurso "Cuento Infanti Alternativo II"

Entró en la habitación, dejando que su verde vestido de seda ondeara sutilmente con cada paso. Su andar etéreo y su níveo rostro angelical contrastaban con la ferocidad de su mirada: el fuego apasionado de un depredador que vuelve de la cacería.
Afuera, la lluvia repicaba sobre el pavimento del Boulevard des Capucines, acompañado del sonido de cascos y ruedas de los lujosos carruajes que se detenían a las puertas del Hôtel Saint-Gabriel. Pero en el interior de la suite, con sus paredes empapeladas de rosa y dorado, todo era quietud.
Se acercó a la cama con dosel que dominaba la habitación, ataviada con sus fastuosas colgaduras de fina seda. Estaba cubierta de muñecas, todas ellas iguales, y hechas con una maestría que ni la más hábil mano mortal hubiera sido capaz de igualar.
Y, en medio de esas muñecas inmóviles, se encontraba la muñeca más perfecta de todas: una niña de piel sedosa, con el cabello dorado y lleno de rizos, adornado por innumerables lazos. Sentada en total quietud, sus claros ojos azules se perdían con indiferencia en el vacío que parecía encontrar en la ventana abierta de la alcoba.
La mujer se sentó al borde de la cama y su mirada perdió el brillo depredador para llenarse de ternura. Como siempre lo hacía, le acarició el cabello a la niña, admirándola con devoción.
—Te has demorado demasiado esta vez, Madeleine —dijo la pequeña.
La mujer la siguió observando, absorta, perdida en sus propias y profundas sensaciones, como si no la hubiera escuchado.
—Cuéntame de tu cacería, cuéntame de tu última víctima. Casi puedo ver el reflejo de su muerte grabado en tus ojos —la voz surgió casi inaudible de los diminutos labios rosados de la niña.
La mujer le sonrió levemente, una sonrisa hueca y demencial, luego desvió la mirada, apesadumbrada, y entonces abrió los ojos y comenzó a reír.
—Era joven y hermoso, y su garganta tan frágil que se me deshizo entre los dedos antes de que sus ojos se apagaran. Siempre es así.
—No, no siempre. Ahora te pareces a él, sintiendo pena por los mismos mortales que desangras y de los que te alimentas —respondió con frialdad la niña.
Madeleine volvió los ojos a ella, y luego la abrazó con fuerza.
—No, no me parezco a él. Yo estoy aquí, siempre estaré aquí para ti, Claudia. Como una reina protegiendo a su pequeña princesa…
Los ojos de la mujer enrojecieron, y dos hilos sanguinolentos rodaron al unísono por sus mejillas pálidas.
—Siempre seré tu niña, eterna, imperecedera… —susurró Claudia para sí misma, con un tono amargo que parecía rugir en ese lejano fondo del pozo que era su alma.
Madeleine se apartó un poco, observándola con una expresión que la hacía ver como una efigie de melancolía esculpida en mármol blanco.
La niña volvió sus ojos hacia la mujer. Su piel de porcelana se contorsionó levemente: —No sufras, Madeleine, siempre seré tu princesa, la más perfecta de las muñecas —respondió con tono gélido—. Te contaré una historia para que abandones esa tristeza. Una historia sin luz del sol, sin sonrisas, ni arco iris.
La euforia transformó la apesadumbrada expresión de Madeleine. Entusiasmada con la idea de una historia, se levantó de la cama con un movimiento rápido y elegante. Apenas se mecieron los largos bucles rojizos de su cabellera mientras danzaba dando unos giros, como bailando con su propia sombra.
Claudia la observó con cierta fascinación momentánea, luego bajó de la cama, alisando los pliegues de su diminuto vestido de seda amarilla: —Escúchame con atención, Madeleine, te contaré una historia como ya no puede leerse en ningún libro.
Madeleine sonrió tiernamente, se envolvió a sí misma, como si se abrazara, y se sentó en una pequeña mecedora que no hizo el menor movimiento ni sonido al recibirla.
Claudia entonces comenzó a relatar: —Érase una vez, en un reino lejano, un bosque gigante donde nunca salía el sol. Era un bosque mágico donde habitaban todas criaturas que aman la oscuridad.
»En medio de ese bosque había un castillo oscuro, tan oscuro como la noche cuando no hay luna. Y en ese castillo vivía un hada. Pero no cualquier hada: era la reina de todas las hadas. Protegía a todos los seres del bosque, los grandes y los pequeños, a plantas y animales, a duendes y apariciones.
»Su nombre nadie lo conocía, y puede que hasta ella misma lo hubiera olvidado luego de tanto tiempo de vivir en ese bosque viejo como el mundo. Todos la conocían, simplemente, como la Reina Oscura.
»Todos vivían en paz en el bosque, y amaban a su reina.
»Cada noche ella subía a la más alta de las torres de su castillo, y desde allí hablaba con la luna y las estrellas, o con el cielo azul oscuro las noches que la luna decidía descansar y no mostrarle su cara al mundo.
»Pero ocurrió, en una ocasión, que el miedo apareció entre los seres del bosque, porque algunos de ellos comenzaron a desaparecer de forma misteriosa.
»La Reina se preocupó, y de inmediato decidió consultar a su espejo mágico.
Claudia detuvo su relato. Madeleine se había puesto de pie, acercándose a un gran espejo que había en la suite. Se observaba como si fuera la primera vez que veía su reflejo. Sus dedos se acercaron con una rapidez sobrenatural a la pulida superficie, apenas rozándola. Abrió su boca levemente, y observó la punta de sus afilados colmillos con cierta fascinación.
Claudia se acercó, esperó un instante, y cuando notó que Madeleine la observaba a través del reflejo y volvía su atención a ella, prosiguió: —Entonces el espejo respondió con una imagen. En ella aparecía una jovencita, a la que apenas se le veía la cara debajo de una maraña de pelos revueltos y oscuros.
»La muchacha estaba frente a un caldero enorme que revolvía con una cuchara de madera tan grande que apenas podía manejar.
»—Alas de murciélago y cola de escorpión… escamas de serpientes y orejas de ratón… —murmuraba mientras revolvía y echaba cosas al caldero.
»La muchacha estaba haciendo un conjuro, y cuando un vapor verdoso salió del caldero, usando el gran cucharón, sacó un poco del líquido y lo bebió.
»Entonces la envolvió una luz azulada. El cabello se le volvió dorado, la piel sonrosada, las mejillas rojas como manzanas maduras, y los ojos azules como el cielo sin nubes.
»La reina, triste y enfadada por lo que había visto, llamó a una de sus gárgolas para que buscara a la joven.
»Su fiel sirviente voló por todo el bosque durante mucho tiempo hasta que logró encontrar la casa de la muchacha, la vigiló para ver todo lo que ella hacía y volvió al castillo de la Reina.
»—Vive cerca de los límites del bosque, Alteza. Tiene hechizados a siete enanos regordetes y barbudos a los que obliga a perseguir y secuestrar a los seres del bosque —dijo la gárgola.
»La Reina entonces decidió poner fin a las travesuras de la muchacha. Ella también sabía de hechizos, como todas las hadas, y tomó su propio caldero para hacer un conjuro.
»Primero lo llenó con agua de una fuente a la que nunca había tocado la luz, ni siquiera el reflejo de la luna. Luego echó raíces negras. También le pidió a un cuervo que mojara la punta de las plumas de su cola en el caldero. Luego hizo que su propia sombra se bañara en el brebaje para oscurecerlo aún más, y al final, pinchándose el dedo con una aguja de oro, dejó que unas cuantas gotas de su negra sangre cayeran en la pócima.
»Luego tomó una manzana y la sumergió unos segundos. La manzana primero se oscureció, y luego se volvió roja y brillante. Entonces la colocó en un canasto lleno de otras manzanas. Juntó algunas sombras y se hizo una capa con ellas, cambió su bello rostro por el de una anciana arrugada, y marchó hacia la casa de la joven.
—Una capa… —interrumpió la voz de Madeleine, con un tono risueño, mientras se envolvía con un lienzo rojo que colgaba del dosel, simulando una capa con caperuza, y alzando un canasto de juguetes, emulando a la Reina disfrazada.
Con una media sonrisa, Claudia retomó el relato: —Los enanos estaban en el bosque en ese momento, y la Reina disfrazada de vendedora ambulante tocó la puerta de la cabaña.
»—¿Quién llama a mi puerta?—preguntó con voz tímida la muchacha, observando por la puerta entreabierta.
»—Soy sólo una vendedora de manzanas, pequeña. ¿Te gustaría probar una de mis manzanas? —respondió la Reina.
»La jovencita abrió enseguida, tentada por la fragancia que desprendía la canasta, y la Reina le ofreció una manzana, la más roja y brillante de todas: —Esta es muy especial, es una manzana mágica que te mantendrá joven y hermosa por años.
»Al escuchar estas palabras, la muchacha abrió los ojos de alegría, y sin perder tiempo, tomó la manzana y le dio un mordisco.
»Al instante cayó desvanecida sobre el suelo. La Reina entonces entró en la cabaña, buscando y liberando de cada rincón a los seres del bosque que la joven tenía atrapados.
»Entonces la Reina y los liberados salieron de la cabaña, y vieron a la muchacha aún en el suelo. Sin su poder, ahora su piel no era sonrosada, sino blanca como la nieve, su pelo dorado negro como el ébano, y sus labios rosados eran rojos como la sangre. Y con este cambio en ella, todos los seres del bosque recuperaron las partes que habían perdido: los murciélagos sus alas, los escorpiones sus colas, los ratones sus orejas, las serpientes sus escamas.
»Llegaron entonces los enanos, ya despiertos del hechizo. Pero al ver a la muchacha reconocieron a la jovencita que había llegado al bosque tiempo atrás buscando refugio. Y lloraron porque no pudieron despertarla.
»Conmovida por la tristeza de los enanos, la Reina les dijo que fabricaran un ataúd de cristal para la joven y que así la trasladaran a su castillo.
»Una vez en el castillo, la Reina deshizo el conjuro y revivió a la muchacha, que arrepentida pidió perdón a la Reina, a todo el bosque y a los enanos por lo que había hecho.
»Entonces la joven le contó a la Reina que había huido de su hogar porque todos se burlaban de su piel de nieve, de su cabello de ébano y sus labios rojos como sangre, porque decían que los príncipes se enamoraban de las jóvenes de cabello brillante y piel sonrosada, y que tal y como era ningún príncipe iba a elegirla como esposa. Entonces había aprendido los conjuros para ser hermosa, y así algún día poder volver a su reino y conquistar el corazón de algún príncipe.
»Al escuchar esta historia, la Reina se quitó su disfraz, y la jovencita vio que la Reina era como ella, con la piel blanca, el cabello negro, y los labios rojos, y era la dama más hermosa que ella hubiera visto jamás.
»La Reina entonces le preguntó si deseaba quedarse en el bosque, y la muchacha al ver la belleza de la Reina y de todas las criaturas del bosque, respondió que sí, porque la oscuridad desde aquél momento le había parecido más hermosa que cualquier cosa que hubiera deseado antes, y ya no le importó volver a su antiguo reino ni conquistar el corazón de ningún príncipe.
»Entonces la Reina la transformó en un hada, y la bautizó con un nuevo nombre, olvidando el nombre que había tenido como humana. Desde entonces, la nueva hada sería llamada Blancanieves, y viviría feliz por siempre en el bosque, con todos los seres de la noche.
Madeleine se había recostado lánguidamente en el suelo, con Claudia sentada a su lado: —Creía que siempre había un príncipe en los cuentos de hadas.
Claudia negó con la cabeza, con una expresión inocente que en nada coincidía con su mirada, unos ojos colmados de una ancianidad que parecía haber contemplado mil mundos.
—Se supone que el príncipe era quien la despertaba… —volvió a hablar Madeleine, mientras se incorporaba, y volvía su mirada pensativa hacia la ventana abierta y las cortinas que se mecían por el viento.
—Los príncipes no siempre están cuando se los necesita —comentó Claudia, sonriendo con cierta malicia, observando las misma cortinas fijamente, como si tratara de ver las formas fantasmales que se dibujaban en la suave ondulación de las telas.
—¿Y dónde estaría entonces ese príncipe? —dijo la mujer.
—Tal vez en el bosque equivocado, perdido en un laberinto de calles oscuras y angostas, lamentando su eterna melancolía bajo la lluvia. O perdiendo el tiempo en algún teatro sórdido y decadente —contestó Claudia, perdiendo la sonrisa, hundiendo el rostro y ocultando su corazón en un lugar al que tal vez ni ella misma era capaz de acceder.
Casi al instante, Claudia extendió los brazos hacia Madeleine, al punto de parecer una verdadera niña buscando la protección de una madre, negando por un momento la monstruosa realidad que habitaba entre su cuerpo y su alma.
El sueño diurno se acercaba. La mujer se irguió y la tomó entre sus brazos, acunándola tiernamente. El rostro de Claudia se inmovilizó cuando la alzó, una mascara de muerte tallada en su tez pálida y brillante, con los ojos prietos y el cuerpo rígido.
La llevó a una habitación contigua. Tres ataúdes aguardaban allí, cada uno de un tamaño distinto. Se paseó frente a ellos con la niña entre los brazos, como si dudara en cual de los ellos recostar a la criatura de rizos dorados. Finalmente la llevó al más pequeño, y luego que sus fríos labios sellaran su sueño con un beso en la frente, la cubrió con la tapa del féretro, dejándola en el estrecho y cerrado espacio de negrura.
El sopor estaba también invadiendo a Madeleine. El sol se acercaba, insinuado como una fina línea violácea en el horizonte. Entonces se recostó en su propio ataúd, justo al lado de Claudia. Acomodándose al estrecho espacio, bajó la pesada tapa.
Poco antes de rendirse al ensueño fatal, oyó unos tenues pasos. Los imperceptibles pasos de un vampiro, que sólo otro vampiro era capaz de percibir.
—Tal vez sea un príncipe… —pensó Madeleine, justo antes de volverse una belleza durmiente envuelta en seda funeraria.
Pero el pensamiento se esfumó tan pronto como la rigidez se apoderó de su cuerpo. Dentro del ataúd, lo único que existía era la protectora mortaja de oscuridad que suavemente la envolvía. 


jueves, 31 de enero de 2013

Lo que yace en el Vacío

Presentado originalmente en www.fantasiaepica.com para el concurso "Viajes en el Tiempo I"

Los pilares derruidos parecían despiertos una vez más, tras siglos de sopor, observando con maliciosa atención al caminante encorvado que pasaba entre ellos. Arrastrando sus pies, el encapuchado ascendía por los peldaños arenosos y desgastados, rodeado de aquél reinante silencio sobrenatural.
Una túnica de Sacerdote de la Sombra le envolvía, un ropaje negro temido hasta en los más alejados confines del mundo, atuendo que usaba a modo de blasfemia desafiante contra esa orden que había abandonado varios años atrás. Na’Ntak era el nombre del impío, sacrílego entre sacrílegos, cuyo corazón era casi tan maléfico como ambicioso de poder y conocimientos.
Largo había sido el peregrinaje que había emprendido, desafiando los peligros innombrables del Tres Veces Maldito Desierto de Murtaj. Siete habían sido los sellos que había tenido que derribar en ese laberinto de arena e invisibles velos mágicos, recitando encantamientos olvidados en el mundo de los vivos.
El cielo se había ido oscureciendo con cada sello derribado, adoptando un creciente tono purpúreo. Al final del último sello todo el cielo se había vuelto morado. Un tono enfermizo que amenazaba con derramarse como lluvia sanguinolenta sobre aquél mar de arena.
Pero no había amenaza que detuviera la voluntad de Na’Ntak, mucho menos ahora que tenía frente a sí aquello que con tantos peligros y pesares había logrado encontrar.
Una roca de proporciones descomunales era lo que había al final de los escalones. De un oscuro color gris y semienterrada en el desierto, parecía un astro caído de los cielos.
Tallada sobre la superficie, una negra abertura hacía las veces de entrada, recortada sobre el pétreo gris. El umbral del Templo Sin Nombre, excavado y esculpido en el interior mismo de la gran roca. No quedaba ninguna civilización que guardara algún conocimiento de su origen, y Na’Ntak había tenido que buscar indicios de su ubicación en lugares tan nefastos como las Catacumbas de Kerthan, hogar de necrófagos y otras nauseabundas criaturas.
Pero sus esfuerzos, al final, habían rendido sus negros frutos.
Na’Ntak se detuvo cuando llegó frente a la abertura. Levantó sus brazos, haciendo unos ademanes en el aire, mientras recitaba un ensalmo de protección aprendido de los monjes sin rostro de Ib-Taer. Luego observó las fauces que aguardaban. Parecían darle un macabro recibimiento, exhalando un tenue e imperceptible halo de oscuridad.
Fue entonces cuando apareció. Primero un zumbido, como el aleteo de los insectos sobre las inmundicias. Y luego otro sonido, extraño y lejano, similar al tañido de una flauta. Se sostuvo un instante, más cercano a su mente que a sus oídos, estridente y melancólico. Y luego desapareció.
Un temor ancestral, instintivo, distinto a cualquier otro sentido antes, le invadió. Luego de haber recorrido los más execrables lugares de la Tierra, Na’Ntak estaba sorprendido a la vez que sobresaltado. Aún había algo, tan desconocido como deseado, que lograba estremecerle. Una sonrisa de desafiante satisfacción se esbozó en su sombrío rostro, mientras un impulso creciente le instaba a avanzar.
Ingresó con recelo, al tiempo que la oscuridad del interior, como un séquito de sombras fantasmales, le recibía agolpándose a su alrededor. Caminó con paso cauteloso, enfocando su visión sobre las altas paredes del corredor que se hacía más ancho conforme avanzaba. Incluso con sus penetrantes ojos, capaces de horadar cualquier negrura, era incapaz de ver con nitidez los inquietantes símbolos tallados en los muros.
El largo recorrido parecía interminable, pero sabía que no era prudente avanzar con mayor rapidez. Finalmente alcanzó un recinto dentro del templo, una cámara circular. Varios altares se alineaban sobre las paredes, tallados sobre materiales inidentificables a la distancia. Pero no se detuvo a observarlos, como hubiera hecho en cualquiera de sus anteriores profanaciones. Por el contrario, se encaminó hacia la abertura al final de la sala, desde donde provenía una tenue luz violácea que reconoció como la mortecina luminosidad del cielo desértico.
Avanzó hasta atravesar el umbral, y el horror lo petrificó cuando vio lo que había al otro lado del mismo.
Un enorme hueco circular, un abismo insondable abierto hacia las profundidades del mundo. Un promontorio se extendía desde la abertura hasta el centro del pozo, como una lengua gigantesca. Los muros rodeaban todo el lugar extendiéndose hacia lo alto y abiertos hacia el firmamento, como si se tratara del descomunal cráter de un volcán.
Pero lo que le paralizó de horror no era la magnitud de esa grieta, ni el promontorio, ni las paredes circundantes, ni el cielo sanguinolento que palpitaba en lo alto. Tampoco la insondable profundidad del pozo. Lo que le había aterrado eran las monstruosidades que pendían sobre los muros.
Tres deidades colosales, más grandes que cualquier ídolo que hubiera contemplado en los muchos peregrinajes por el mundo, por lugares tan sagrados como sacrílegos. Tallados directamente en la roca, colgaban con sus torsos y cabezas a la vista y sus partes inferiores perdiéndose en la negrura abismal.
Na’Ntak observó con detenimiento a esas tres criaturas pretéritas. Una a su diestra, otra a su siniestra y la tercera al frente. Horrorosas por su magnitud, eran aún más horrendas por sus aspectos.
Una de ellas parecía envuelta en túnicas andrajosas, y por cabeza tenía una esfera deformada y cubierta de una multitud de ojos entrecerrados, dispuestos sin orden alguno sobre la superficie. Unos brazos descarnados surgían de entre el ropaje, con unas garras raquíticas y siniestras dispuestas hacia abajo, que parecían invocar a las sombras de las profundidades. La otra aparecía con el torso desnudo, carcomido y con las costillas expuestas. Su cabeza era un amasijo execrable de pólipos colgantes. Una boca monstruosa de dientes agudos se abría en medio de aquellos colgajos, y sus brazos macilentos se elevaban hacia el cielo, como si reclamara algo al firmamento para sus fauces hambrientas. Y el último, justo frente a sí, parecía envuelto como una momia con unos vendajes rotosos. Su cabeza era un globo hinchado, con dos amasijos de tentáculos saliendo desde donde deberían estar los ojos, y una boca de dientes enormes y apretados, sin mandíbula inferior. Uno de sus brazos apuntaba al cielo, mientras que el otro apuntaba al abismo a sus pies.
Cuando pudo salir de la fascinación que le causaban esas ciclópeas esculturas, Na’Ntak avanzó sobre el promontorio, notando más adelante un monolito rústico, elevado como un altar justo al borde del abismo. Unos signos blasfemos recibieron a sus ojos cuando los posó sobre la negruzca piedra. Y la misma vibración apenas audible de antes creció a medida que se acercaba.
Susurró unas palabras arcanas, ensalmos de protección para resguardar sus pensamientos y ocultar su poder, atento a cualquier emanación mágica que pudiera surcar el aire. Con ambas manos, sus dedos se acercaron con sigilo hacia la rugosa superficie de la roca, tratando de percibir la naturaleza de su vibración.
Entonces el sonido de la flauta lejana volvió a aparecer. Su mente se nubló. Sus manos se abalanzaron contra su voluntad, aferrándose con estrepitosa violencia a la piedra. Trató de liberarlas, pero el poder que estaba dominándolo no se parecía a nada que hubiera conocido antes. El horror se adueñó de su alma. Su cuerpo se convulsionó mientras los ojos se le volvían ciegos y creyó ver, justo un instante antes de caer por completo en la oscuridad, que las colosales deidades empezaban a moverse.


Un sonido estridente atravesó su mente, desgarrando su cordura. Su consciencia, a merced de una voluntad imposible de definir, comenzó a mostrar una inconcebible visión, una vastedad que trascendía cualquier concepto de tiempo y espacio que pudiera conocer, más allá de lo que entendía como realidad.
Trató de frenar el trance, pero le fue imposible, y una vastedad comenzó a mostrársele, creciendo más y más. Un vacío de proporciones descabelladas, atravesado por un silencio perpetuo y un frío glacial que le congeló el pensamiento.
Entonces apareció. Una presencia incomprensible, asentada en medio de esa vastedad, como un ser carente de verdadera esencia despertado del eterno letargo de su cripta cósmica.
Inerme ante aquella entidad, Na’Ntak sólo pudo percibirla como un punto gigantesco en medio de la Nada sin confines. Un agujero en un vacío ya de por sí imposible de comprender.
Ese ojo de vacuidad penetró en su ser con unos zarcillos de tinieblas que tanteaban con impúdica facilidad sus conocimientos y pensamientos más profundos. Todos sus deseos, conocidos y desconocidos, le fueran extraídos y expuestos. La entidad pareció destrozarlos, aglutinarlos y amalgamarlos, dándole una forma aberrante, que pronto apareció ante él.
Allí estaba su ambición, sus deseos de dominio e inmortalidad, flotando como una esfera en la negrura, una forma en la que pudo reconocer al planeta donde habitaba.
Su deseo de conocimiento de todos los secretos del mundo, su codicia de dominación, representadas en ese punto que parecía insignificante recortado sobre el gigantesco ojo de vacuidad que había detrás.
Los zarcillos de tinieblas se expandieron desde su mente y comenzaron a rodear al mundo como negras serpientes vaporosas. La Tierra comenzó a cambiar, rodeándose de un halo sanguinolento, una gangrena expandiéndose por toda su superficie.
Una llamarada la carcomió sin piedad, destrozándola, cambiando las formas de continentes y convulsionando las aguas. La Tierra se volvió una esfera incandescente, como una rojiza medusa agonizante.
La tortura del mundo le pareció interminable, tanto como la suya, y tras los últimos estertores quedó transformada en una cáscara sin vida, bañada en densos mares pestilentes.
Ese era el futuro del mundo que tanto deseaba gobernar Na’Ntak, y su deseo se le volvió endeble y pueril ante aquélla revelación. Entonces la visión se colapsó, volviendo a ponerse en movimiento.
Las eras parecieron sucederse indetenibles sobre ese mundo muerto, un enjambre de sombras la rodearon, unas entidades indefinibles, como moscas pululando sobre su cadáver.
Na'Ntak parecía encadenado a aquella visión, incapaz de detenerla, condenado a observar lo que el paso de los eones le mostraba.
Los hediondos océanos entonces se agitaron. La tierra reseca se humedeció, volviéndose verdosa y negruzca, como cubierta de moho. Y de ella comenzaron a surgir seres, gusanos eclosionando en busca de luz, liberándose al tiempo que saciaban su hambre carcomiendo la carne pútrida que los había cobijado.
Los gusanos entonces crecieron, se movieron, cambiaron de forma y evolucionaron. Algunos volaron, otros desarrollaron miembros, otros siguieron arrastrándose.
Así la Tierra se volvió a llenar de vida. Y el tiempo siguió su curso, y las formas de vida volvieron a cambiar. Nuevos seres surgieron, asquerosas criatura que comenzaron a corroer el mundo y destruir a sus demás habitantes. La Tierra se volvió a contaminar, el halo sanguinolento volvió a aparecer, tiñendo de rojo la superficie del mundo.
Entonces, tras un destello, la visión del la Tierra se esfumó, y Na’Ntak vio que la entidad del vacío se alejaba.
Pero pronto descubrió que quien se alejaba era él mismo.
Retrocedía, apartándose de ese vacío inconmensurable. Estrellas gigantescas pasaban a su lado, y luego las constelaciones que ellas formaban aparecieron frente a él, con formas que le eran por completo desconocidas. Las constelaciones luego formaron galaxias, amorfas y monstruosas, con aspectos que desafiaban todos los conceptos de forma y espacio que conocía.
Y tras aquella vastedad, el Vacío lo rodeaba todo, inconmensurable e ilimitado, con el poder de devorar toda la existencia con tan sólo cerrar sus vacuas fauces sobre el cosmos infinito.
Entonces la visión desapareció.

La vibración se hizo más intensa, y Na’Ntak sintió que volvía a atravesar el velo de las dimensiones, volviendo a lo que conocía como realidad.
Un dolor espantoso recorrió cada fibra de su ser, un frío sempiterno colándose hasta lo profundo de sus huesos y pensamientos. Una violenta convulsión lo arrojó hacia atrás, varios metros lejos del monolito.
Se recuperó tan pronto como pudo, con el pensamiento ultrajado y la voluntad desgajada. Sintió por última vez la vibración y el tañido de flauta lejano, pero pronto ambos desaparecieron. Evitó observar el monolito y los ídolos de piedra. Con sus más profundos anhelos destrozados, reducidos a la futilidad que la visión le había mostrado, ya nada tenía que hacer allí y sólo deseó huir del templo maldito.
Su encorvada figura atravesó el oscuro pasillo, tropezando varias veces en su desesperación. El frío no lo abandonaba, y cuando estuvo otra vez en el exterior se dejó caer.
Recuperó un mínimo de cordura, y se percató de lo sucedido.
El frío del vacío parecía no querer abandonarlo. Levantó la vista y vio el suelo escarchado, su reflejo en el piso de hielo. Todo a su alrededor había cambiado.
Un frío glacial envolvía la totalidad del paisaje. Montículos níveos se erguían donde antes había dunas de arena amarillenta. El desierto maldito se había vuelto un mar de blancura bajo el cielo encapotado de gris.
El mundo había cambiado. La entidad en el Vacío lo había devuelto a la ilusión que consideraba realidad. Y a cambio de la revelación, que había destrozado sus ahora banales ambiciones, lo había arrastrado con las eras hacia el futuro de la Tierra, justo al momento en que la visión había desaparecido.
Se puso de pie, con los ojos desorbitados, deslizando su capucha hacia atrás. Aquél ser antediluviano se quedó inmóvil como una estatua, observaba el gélido llano que parecía extenderse sin confines delante suyo.

Envuelto en sus abultados ropajes, el explorador caminaba con lenta dificultad sobre el suelo congelado.
Aunque un temor incomprensible lo embargara y no deseara alejarse de su base, la curiosidad había sido más fuerte. A fuerza de insistencias había logrado convencer al jefe de investigaciones que le permitiera volver al lugar del extraño hallazgo.
No podía sacarse de la mente el rostro de la criatura que habían encontrado hacía apenas unas horas, a pocos metros de donde se encontraba en ese momento. Un ser antropomórfico desconocido, una criatura homínida de rasgos que asemejaban a un ser reptiloide, incrustado en el hielo como un insecto atrapado en ámbar.
Le había resultado horrible contemplarlo, a la vez que no lograba sacárselo de la mente. No tanto por sus extrañas ropas, semejantes a unas elaboradas túnicas monacales, ni por su inconcebible estado de conservación, sino por la máscara de horror que tenía grabada en el rostro, exacerbada por sus ojos desorbitados.
El explorador se estremeció tratando de pensar la situación con rigor científico. Se concentró en las consecuencias y la conmoción que provocaría a nivel mundial si se llegaba a conocer el descubrimiento de ese ser incatalogable en las mesetas antárticas.
Mientras se disponía a explorar los alrededores en busca de nuevos indicios del extraño y reciente descubrimiento, un sonido lo asaltó. Un zumbido extraño, que parecía menos audible que perceptible en su mente. Le pareció que provenía de unos promontorios cercanos, y notó que, entre los montículos de hielo, una negra abertura parecía insinuarse.
Su instinto le dijo que se alejara, pero la curiosidad fue más fuerte. Sus pasos se encaminaron con cautela hacia aquél llamado tenue, que comenzaba a acompañarse, para su sorpresa, de lo que parecía el tañido melancólico y estridente de una flauta en la lejanía.